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miércoles, 10 de marzo de 2010

Cuídate, tú me entiendes (1a parte)

Es casi la medianoche, el suelo no está frío aunque sí algo incómodo. Los ejercicios de respiración y meditación han sido insuficientes para relajarte. Pero poco a poco el sueño te vence, improvisas una almohada con tu camiseta, mientras realizas un recuento de lo acontecido en las últimas horas.

Desde que tienes memoria, te da más gusto saber que alguien estrena una computadora portátil a que alguien tuvo un hijo. Y como tal, lo celebras. El menú de la fonda acompañado por un vino Santa Rita Medalla Real, pasa al registro de lo memorable; se trata de una escena con tinte de deja vú. Te recuerda la vivencia de hace algunos meses, allá en el comedor universitario donde los alimentos sólo podías acompañarlos con vino o con agua. La hora de la comida es el momento idóneo para reanimar el estómago y el corazón. Y por supuesto, un café espresso para reanimar la mente.

Un par de horas después, empieza el traslado hacia la ciudad que guarda tu acta de nacimiento … y la de tus primos: 1000y, Kolas y Tazo. Estación obligada en el Wal-Mart de San Manuel: dos latas de Sapporo (a tu salud Vaquero) y cuatro de Heineken, suficientes para los cuatro pasajeros de este inusual viaje. La canción “Mientes” de Camila se repite una y otra y otra vez. Cada uno de nosotros canta y celebra los significados que la letra de la canción evoca en nuestra conciencia. El disco completo se vuelve el emblema de esta ocasión.

Ya casi estamos en casa, es el momento de empezar con las llamadas telefónicas espontáneas (y emotivas o impertinentes, según sea la situación). La primera tiene como destino Monterrey. Desde allá, el Vaquero lidia una vez más con la audio-conferencia improvisada desde la cabina del automóvil. Siguiente llamada: Ajalpan, la que no debió suceder, y que hoy estoy seguro estaba escrito que debía suceder. ¿Cuánto habré insistido para que accediera verme a esa hora?

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domingo, 19 de octubre de 2008

El cómplice

Hay luna nueva y la visibilidad es poca. Pero eso me tiene sin pendiente, después de todos estos años conozco el camino mejor que cualquiera. No, los nervios se deben a otro motivo. Mi patrón se trae algo entre manos y el ignorar sus planes terminó por ponerme intranquilo. Se ve que no es el mismo desde aquel domingo de octubre, uno como cualquier otro en el que al amanecer sabes cómo empieza el día, pero ni siquiera imaginas cómo va a terminar.

La conocimos afuera de la iglesia; la señorita de la expresión cautivadora por esos ojitos claros, sin duda los más lindos que recordábamos haber encontrado.

-¿Cómo ves, Negro? Me preguntó el patrón, aunque en esos casos no entiendo si mi opinión sirve de algo. Sólo atiné a asentir con la cabeza al percatarme que ella le devolvía la mirada, y le agradecía con una sonrisa la reverencia del sombrero.

Poco esfuerzo nos tomó investigar que la señorita y su familia vivían en la casa azul por el camino a Zalatitán, al otro lado del pueblo. El resto es historia. Soy fiel testigo de las noches en vela, las cartas, una serenata furtiva y hasta dos que tres borracheras. Comprobado, mi patrón era otro. Pero la semana pasada algo sucedió. En la casa azul hubo música y adornos como en la fiestas de diciembre. Por unos amigos que estuvieron ahí, me enteré que el hijo del terrateniente pidió la mano de la señorita, y que los padres habían arreglado todo el asunto.

El trabajo en el rancho apenas bastó para distraernos de la noticia.

Hoy durante la jornada él ya no lo pudo disimular, algo está planeando. Por lo mientras, yo me retiro a descansar ...

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Casi no dormí, es de madrugada y hace poco llegó a buscarme. Su expresión reveló que no esperaba encontrarme despierto. O tal vez sí, estoy seguro que conocemos uno del otro, más de lo que cada quien cree.

Salimos al campo abierto, con dirección al pueblo. El silencio apenas se rompe con el cantar de los grillos y el aullido de un coyote a lo lejos. Qué extraño, el patrón se vistió como cuando vamos a las carreras en día de fiesta. Pero si la memoria no me falla, aún falta para esas fechas. Seguimos andando y ya no se ve tan inquieto, casi puedo afirmar que ahora su expresión es de total seguridad.

¿Será que ... ?

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Nací para esto, porque para esto soy bueno: a todo galope avanzo por el camino, contagiado por la felicidad de la pareja que llevo a cuestas. Atrás quedan rápidamente los temores, la duda y la casa azul. Una vez más, soy testigo ... y cómplice.